"Vivir sin filosofar es, propiamente, tener los ojos cerrados, sin tratar de abrirlos jamás." René Descartes.

sábado, 2 de mayo de 2015

Burbujas.

Dieciséis burbujas chocan unas con otras en el salvapantallas del ordenador. Casi puedo oír ese sonido invisible que se dibuja en mi cabeza automáticamente cada vez que rebotan entre sí.

Boing.
Boing.
Boing.

Al cabo de un rato se cansan y la pantalla muere, hundiéndose en el negro uniforme.
Aparezco reflejada al instante, bolígrafo en mano y con el ceño fruncido. Llevo veinte minutos peleándome con los ejercicios de estadística y con mi indecisión.

Me vuelvo a preguntar:
"¿Qué harías si no tuvieras miedo?"

E inmediatamente obtengo mi respuesta.

Muevo levemente el ordenador y las burbujas vuelven a aparecer. Me recuerdan a las personas, vagando por la vida sin saber muy bien qué dirección tomar, impulsadas únicamente por la inercia de haberse chocado con otra burbuja.

Fuera sopla el viento y se está muriendo el día.
Habrá que echarle cojones al asunto. 

viernes, 1 de mayo de 2015

De novata

"Por fin hoy podemos decir que el final del camino es también el principio." Así terminaba aquel discurso de graduación de segundo de bachillerato que hace un año por estas fechas me aventuré a escribir para mi clase, aunque no a leer enfrente de decenas de personas (porque a pesar de que le he cogido el gusto a muchas cosas este año, hablar en público sigue sin ser mi fuerte).

Así le ponía el punto final a una etapa que ahora se me antoja curiosamente lejana. Pero aunque Sabina dice que "cuando al punto final de los finales, no le siguen dos puntos suspensivos" el amor se ha terminado, el amor por la vida no acaba nunca y la vida misma por ahora tampoco se detiene.
Mis dos puntos suspensivos son la universidad y el trabajo. Dos nuevos comienzos que abrieron de par en par las puertas de la edad adulta. Los primeros días soplaba mucho el viento y hacía un frío de la hostia.
Hoy el viento es brisa y a ratos brilla el sol, pero sigue dando miedo.

De novata he aprendido muchas cosas. Que se puede construir un grupo de amigos fantástico en tres meses y que las cosas a veces no son lo que parecen a primera vista. Que a veces te tropiezas con un modelo de amistad con el que nunca creías que podrías volver a tropezarte (Carmen, te quiero) y que te puede llevar por caminos que tú sola nunca habrías encontrado. Que mentir es un arte y decir la verdad todo un reto. Que atreverte a dar un pequeño paso puede desembocar en mil nuevas historias. En mil nuevas posibilidades. Que a veces golpes de suerte transforman pequeñas expectativas en grandes noches improvisadas. Que te puedes enamorar de quien no debes enamorarte, de la persona más inalcanzable y de la peor elección. Que un clavo siempre puede sacarse. Que siempre hay un lugar para regalar una flor. Que los hombres de traje (no los azul eléctrico, sino los trajes de verdad, esos oscuros que os quedan tan bien) con zapatos italianos y corbata son otro mundo. Que se nos cae la baba con ese mundo. Que hablar bien es todo un arte. Que se nos cae la baba con ese arte. Que comunicar es importante y que la palabra es un arma de cambio y de lucha. Que me da miedo. Que Huertas es un lugar fantástico para construir y destruir sueños. Que no me gusta demasiado la economía y que hay un lujo invisible en la base de cualquier evento al que asistimos, en las servilletas bien colocadas y en los cacahuetes y las patatas. Que hay ilustradores trabajando de mozos de almacén. Que poner copas puede ser divertido. Que los ricos no son siempre soberbios. Que con gente trabajadora se trabaja mejor. Que admitirte las cosas a ti mismo es a veces extremadamente difícil, pero que no sirve de nada seguir negando lo evidente. Que la sinceridad es un valor poco apreciado en esta sociedad y que crucificamos sin razón a aquellos que la llevan por bandera. Que sólo sé que no sé nada, y que los derepolistas intelectuales me gustan mucho, pero me minan la moral porque yo también quiero saber y no sé por dónde empezar. Que la niña y la mujer son la misma. Que la elegancia emana del interior de la persona y radica en su forma de comportarse. Que la sencillez es atractiva. Que el hecho de que estemos saliendo de la crisis se debe a que Mario Draghi está comprando deuda pública. Que mi bandera sigue siendo tricolor. Que mi corazón sigue estando a la izquierda. Que la sigo echando de menos. Que las muertes no se superan, sino que se aprende a convivir con el dolor. Que puedes hacer las paces con el pasado y que perdonarte a ti mismo es difícil, pero realizable. Que las amistades que son familia no se rompen a pesar del distanciamiento. Que sigo queriendo a Andrea como hace 15 años, cuando la conocí en nuestro primer día de infantil. Que me sigue dando pereza estudiar cualquier cosa que no sea filosofía. Que los libros siguen siendo mis mejores amigos. Que los chupitos de tequila no están tan mal. Que se me va el dinero en taxis a Sanse y que me muero por vivir en Madrid. 

Que para poder seguir caminando tienes que preguntarte a ti mismo ¿Qué haría si no tuviera miedo? Y que la respuesta que des entonces, es el camino a seguir.


Que puedo mentir en cualquier momento excepto cuando escribo.
Que sigo sin poder parar de poetizar la realidad.

Discurso de graduación IES Joan Miró 2014

¿Cómo puede ser una luz a la vez oscura y blanca? Esta paradoja es la que divisamos los alumnos de segundo de bachillerato al final de nuestro túnel. Al final de este curso lleno de interminables horas plagadas de apuntes, libros, ejercicios, trabajos y proyectos…hay un nuevo futuro que a la vez que nos da miedo, nos ilusiona. Es ilusión lo que nos empuja a estudiar por fin lo que queremos, a seguir formándonos como personas y a seguir aprendiendo.

Echando la vista atrás es imposible no recordar aquel lejano primer día en el que cruzamos la verja roja que separa el mundo exterior de esta pequeña ciudad que se ha convertido durante todos estos años en nuestro segundo hogar. Por aquel entonces éramos más bien “mochilas con patas” e íbamos de un edificio a otro sin saber muy bien qué esperar de cada clase. Aquí no solo hemos aprendido historia, lengua, física, latín o economía…hemos aprendido a hacer amigos, a respetar a los demás, a trabajar en grupo y a luchar por los objetivos que queríamos conseguir.

Pero no hemos llegado hasta este momento con las manos vacías. Han sido varios años de duro esfuerzo, de noches en vela, estrés, agobio… pero han sido al mismo tiempo unos años maravillosos en los que se nos ha dado la oportunidad de vivir muchísimas experiencias que no han hecho sino enriquecernos por dentro. Las excursiones culturales, la semana del ritmo, las actividades, los grupos de teatro y mediación, aquel maravilloso carnaval… (Que por cierto ganamos), los claveles que inundaron el instituto el día de San Valentín, los intercambios a Francia, a Alemania, la excursión a Teruel, el viaje de fin de curso a Barcelona… Todo esto y mucho más es lo que nos hemos llevado de estos seis años de instituto.

Todos estos pequeños retos que hemos ido superando día a día no habrían sido posibles sin la ayuda de unas personas muy especiales que nos han acompañado desde aquel septiembre de 2008 hasta hoy: los profesores. Profesores que no solo han sido profesores, que han sido amigos, compañeros de fatigas, maestros, tutores. Profesores que también tienen sueño los lunes por la mañana y que también quieren irse a su casa los viernes a última. Profesores que han reído e incluso llorado con nosotros y profesores a los que (no sabemos muy bien cómo) todavía les queda paciencia para seguir dando clase. Gracias, es lo único que podemos deciros a aquellos que habéis estado con nosotros en todo momento, que habéis traspasado la barrera de la autoridad y nos habéis tendido la mano, que nos habéis ofrecido vuestro consejo y vuestro apoyo. Gracias por eso, y sobre todo, por todos y cada uno de los pedacitos de conocimiento que nos habéis aportado durante todos estos años.

 El hecho de estar acabando segundo de bachillerato, nuestra etapa en el instituto y todo lo que eso conlleva nos hace preguntarnos ¿y ahora qué? Esa pregunta que se ha posado en nuestras mentes desde el inicio de este curso, que ha sido a la vez maravilloso y agotador, es inevitable. Después de estudiar aquí durante seis años, no solo hemos atesorado recuerdos, anécdotas…y algo de conocimiento. También hemos adquirido una rutina, nos hemos acostumbrado a los mismos horarios, las mismas caras, los mismos sitios, tanto que nos hemos instalado en una especie de comodidad donde apenas hay imprevistos. Ahora… ¿ahora qué?


Se abre ante nosotros una nueva etapa, una página en blanco, un lugar donde continuar escribiendo nuestra historia, un sitio donde poder convertirnos por fin en las personas que siempre hemos soñado ser. Por fin hoy podemos decir, que el final del camino, es también el principio.

domingo, 15 de junio de 2014

Crónica de una tormenta.

Cuando la luz del sol choca contra una tormenta, se puede ver en el cielo ese color frío, entre gris y marrón, de una uniformidad exasperante, que por alguna razón siempre me recuerda a la guerra. Se agolpan las nubes para tapar cualquier resquicio de azul y únicamente existe el gris. Se huele en el aire la hierba mojada y golpetean las efímeras gotas contra el cristal, dejando brochazos mojados en mi ventana, como si fuera la lluvia un artista a quien se le ha revolucionado el pincel. Comienzan a oírse los truenos en la lejanía del horizonte. Un horizonte que infestado de nubes grises, no se puede atisbar desde mi ventana.
De cuando en cuando, un trozo de azul rebelde asoma ante el telón de plomo que es el cielo y por un momento regresa la esperanza de paz a nuestros corazones. Allá va el viento sacudiendo con una fuerza inusitada las ramas de los árboles.

De repente, todo se detiene. En un momento de quietud frágil y que se me asemeja distante, dejo de oír el golpeteo de la lluvia contra el cristal. El mundo más allá de mi ventana ha quedado congelado. Entre las ramas de un abeto acierto a divisar la luz del último sol huyendo hacia otro amanecer. En alguna parte de este inmenso y vasto mundo, alguna otra chica de dieciséis años, en su otra casa y mirando a través de una ventana diferente, observará el mismo sol que ahora ante mis ojos se esconde, aparecer detrás de una montaña rumbo a un nuevo día.


La tormenta ha muerto y los azules rebeldes han ganado la batalla que libraban contra el invierno. Comienzan a romperse las nubes y a amainar el viento. Suspiro, y olvidando ese exasperante color gris que me recuerda a la guerra, vuelvo la mente y el corazón hacia mis apuntes de filosofía, que durante esta crónica de una tormenta, me han esperado, pacientes, encima de la mesa.

jueves, 8 de mayo de 2014

His voice...

His voice was the first thing I noticed when I first met him. It reminded me of the sound of firewood crackling in the bonfire, and it hid a soft whisper, deep and husky, that paced behind the words. Sometimes I could hear him muttering in his sleep, trying to remember the words of a song that he had forgotten long ago.
As I grew to know him, I found myself thinking: how could we have lived in the same town for so many years without bumping into each other? I was surprised by the bare touch and softness of his pale, almost transparent skin, and by the smell of soap that broke away from his body to fill the air around him. He was as skinny as anyone could have been, although he ate like everybody else. One of the things that struck me most was the sparkling light that suddenly appeared in his eyes whenever he laughed. His hair fell in a disheveled way; framing is face, and his everlasting smile.

The conversation was never vapid, and he had a quick, mischievous mind, that made the delights of everyone around him. He was, in every word, tantalizing. 

domingo, 4 de mayo de 2014

A LAS NUEVE EN LA ESTACIÓN


El día que me escapé rumbo a Lisboa, el sol se filtraba por los ventanales de la estación de trenes de Madrid. La primavera estaba ya acechando tras los vestigios del otoño, y se percibía en el aire el olor de las primeras flores, que comenzaban a mostrar con timidez sus pétalos.  Caminé sin rumbo por el andén, buscando a Alicia con la mirada. Miré el reloj. Eran las nueve menos cuarto del día más extraño de mi vida. Me había levantado hacía unas cinco horas rodeado de botellas de vodka y con el sabor del alcohol todavía en la boca. Mi cuarto en el Hostal Santa Cruz en el centro de Madrid daba vueltas a mi alrededor. Por el suelo estaban desparramados algunos cuadros a medio terminar y una guitarra española a la que le faltaban dos cuerdas. Me desperecé y al intentar incorporarme, el dolor de cabeza volvió a tumbarme en la cama.

Dos horas después conseguí hacer las maletas y recogerlo todo. Repartí mis cuadros entre los vecinos de la pensión, que a base de meses de convivencia me habían cogido cariño. Baje al mostrador y pagué con el dinero que me quedaba la última semana de estancia. Clara, la recepcionista, una cuarentona rolliza que había perdido a su marido a manos del alcohol hacía dos años, me dedicó una sonrisa triste y me deseó buena suerte allá donde fuera. Partí con su bendición bajo el brazo por un Madrid cuyas calles bullían con el ambiente festivo que precede al verano.
Llegué a la estación cargado de maletas, sujetando con los dientes el billete que había comprado días atrás. Me senté a esperar a Alicia en una cafetería donde un joven espigado cuyo rostro estaba salpicado por el acné me sirvió un café amargo y un bollo. El tren salía a las nueve y cuarto de un andén cercano. En la estación se escuchaban los murmullos de los que estaban de paso y apenas se detenían a mirar a su alrededor. El roce de las maletas y el golpeteo de los tacones contra el suelo eran los directores de orquesta del concierto que ofrecía aquel lugar en el que reinaban las prisas y el caos. Esperé durante una hora, sentado en la incómoda silla de mimbre de la cafetería, mi mirada perdida en la multitud. Cuando la aguja del reloj dio las nueve, oí unos pasos detrás de mí. Me giré, esperando encontrarme con los ojos azules de Alicia destellando a la luz del último sol. En cambio, me sorprendí a mi mismo a escasos centímetros un rostro anciano, colmado de arrugas y cicatrices, tras el cual se escondía una sonrisa velada.

-    -      Ella no vendrá.

Tenía la voz rota, quebrada por el paso de un tiempo que parecía no haber afectado a sus ojos, que refulgían con un brillo juvenil y algo pícaro. Sus pupilas nadaban anegadas en un azul intacto, frío y pálido como una mañana de invierno. Me estremecí. El hombre se incorporó, y solo entonces, cuando se dio la vuelta y se alejó caminando, me di cuenta de que cojeaba ligeramente del pie derecho y de que llevaba el pelo blanco, casi plateado recogido en una coleta detrás de la nuca. Aquella imagen casaba perfectamente con la descripción que Alicia me había esbozado un día de su padre. Suspiré imperceptiblemente, pagué el café y agarrando mis maletas subí al tren que habría de partir hacia Lisboa, dispuesto a olvidar y a poner en práctica lo que Alicia me había susurrado una vez.


“Hay que invertir en melancolía.”

domingo, 10 de noviembre de 2013

He de decir...

He de decir que no están siendo días fáciles. Que a veces nos desesperamos por las tardes y que al filo de la noche nos cuesta conciliar el sueño. Hay días, días como hoy, en los que parece que hay una epidemia de hormonas revolucionadas en la ciudad.
He de decir que a todos nos ha atrapado un poco la locura de sentirnos ya tan cerca del final y a la vez tan cerca del comienzo. Que nos han entrado unas ganas terribles de crecer y marcharnos de casa, mudarnos a otro país, de vislumbrar días con más luz que estos en los que ahora tenemos que construir sueños y esperanzas y un futuro a todas luces incierto. He de decir que nos hemos vuelto todos un poco melancólicos, que los domingos nadie se quita el pijama, que twitteamos hasta la saciedad que nos aburrimos y que nos estamos ahogando en este mar de papel blanco y tinta, de subrayadores gastados. Que tememos fundirnos con el aliento de esos finales que están a dos semanas y que parecen tan lejos y a la vez tan cerca. Que pasamos de reír a llorar en cuestión de segundos, que no sabemos ya ni qué libro leer, ni qué música escuchar, ni qué tenemos mañana lunes a primera hora. y ¡oh, lunes! Y nos llevamos las manos a la cabeza porque nos espera otra semana más de dormir poco y estudiar mucho, otra semana más de ver la luz. La luz del año que viene, la luz de los dieciocho o los diecinueve, ¡qué más da! Y podremos por fin comprar el vodka barato que llevamos años comprando en el chino de la esquina, pero lo haremos legalmente, lo nunca visto antes. Y podremos votar y operarnos las tetas y la nariz y estaremos un año mas cerca de la muerte y de la libertad. Y todos planearemos el día en que podamos hacer la maleta y salir a toda hostia de aquí. Del sitio que nos ha visto crecer, de las mismas calles que llevamos recorriendo tantos años y que ya nos han aburrido. Y todos pensaremos en los demás y en qué será de ellos. Y en realidad, en realidad no nos importa qué les vaya a pasar o a dónde irán. Y si nos importa, si acaso nos quita el sueño, olvidémoslo, aceptemos que la vida separa irremediablemente a la gente y que hay gente nueva por llegar. Admitamos que en realidad las personas que nos importan las podemos contar con los dedos de las manos, ¡qué digo! con los dedos de UNA mano.


Y veréis que pronto nos vamos a pudrir y con qué esplendor renaceremos de nuestras cenizas.

P.