He de decir que no están siendo días fáciles. Que a veces nos desesperamos por las tardes y que al filo de la noche nos cuesta conciliar el sueño. Hay días, días como hoy, en los que parece que hay una epidemia de hormonas revolucionadas en la ciudad.
He de decir que a todos nos ha atrapado un poco la locura de sentirnos ya tan cerca del final y a la vez tan cerca del comienzo. Que nos han entrado unas ganas terribles de crecer y marcharnos de casa, mudarnos a otro país, de vislumbrar días con más luz que estos en los que ahora tenemos que construir sueños y esperanzas y un futuro a todas luces incierto. He de decir que nos hemos vuelto todos un poco melancólicos, que los domingos nadie se quita el pijama, que twitteamos hasta la saciedad que nos aburrimos y que nos estamos ahogando en este mar de papel blanco y tinta, de subrayadores gastados. Que tememos fundirnos con el aliento de esos finales que están a dos semanas y que parecen tan lejos y a la vez tan cerca. Que pasamos de reír a llorar en cuestión de segundos, que no sabemos ya ni qué libro leer, ni qué música escuchar, ni qué tenemos mañana lunes a primera hora. y ¡oh, lunes! Y nos llevamos las manos a la cabeza porque nos espera otra semana más de dormir poco y estudiar mucho, otra semana más de ver la luz. La luz del año que viene, la luz de los dieciocho o los diecinueve, ¡qué más da! Y podremos por fin comprar el vodka barato que llevamos años comprando en el chino de la esquina, pero lo haremos legalmente, lo nunca visto antes. Y podremos votar y operarnos las tetas y la nariz y estaremos un año mas cerca de la muerte y de la libertad. Y todos planearemos el día en que podamos hacer la maleta y salir a toda hostia de aquí. Del sitio que nos ha visto crecer, de las mismas calles que llevamos recorriendo tantos años y que ya nos han aburrido. Y todos pensaremos en los demás y en qué será de ellos. Y en realidad, en realidad no nos importa qué les vaya a pasar o a dónde irán. Y si nos importa, si acaso nos quita el sueño, olvidémoslo, aceptemos que la vida separa irremediablemente a la gente y que hay gente nueva por llegar. Admitamos que en realidad las personas que nos importan las podemos contar con los dedos de las manos, ¡qué digo! con los dedos de UNA mano.
Y veréis que pronto nos vamos a pudrir y con qué esplendor renaceremos de nuestras cenizas.
P.
"Vivir sin filosofar es, propiamente, tener los ojos cerrados, sin tratar de abrirlos jamás." René Descartes.
domingo, 10 de noviembre de 2013
martes, 10 de septiembre de 2013
Arrogance.
La comencé a notar entonces, la altanería. Cuando me maquillaba, cuando elegía la ropa que iba a ponerme, cuando me calzaba los tacones. Empecé a caminar por la calle como si la ciudad fuese mía, como si el mundo estuviese hecho a mi medida. Como si no existiese nada más allá que la mirada fulgurante y candente, llena de osadía, que yo paseaba por Madrid todos los días. Dejaron de importarme los comentarios de la gente. No es que recibiera demasiados, nunca he dado mucho de qué hablar, pero los pocos que llegaban a mis oídos me resbalaban. Se me metieron en la cabeza al mismo tiempo el afán y el desprecio. Quería descubrir este mundo y a la vez miraba por encima del hombro a su gente. Se me empañaron los ojos de maldad, comencé a rezumar cinismo allá por donde iba, llené mis labios de comentarios desdeñosos y mi voz se convirtió en una cantinela que solo recitaba coplas cargadas de arrogancia.
Al mismo tiempo, creció la confianza en mi misma. Podía sentirla bajo mi piel, palpitando con orgullo, pugnando por salir a la superficie, ardiendo en deseos de asomar sus ojos insidiosos al mundo exterior. Así, si se oían mis tacones por la calle no intentaba minimizar el ruido como habría hecho antes, si no que pisaba con más fuerza aún las baldosas del suelo.
Les sostenía la mirada a los hombres. Dejaba que sus ojos se deslizaran por mis piernas, sentía como puñales sus pupilas clavadas en mi espalda. Fueron días de luz. Una luz estridente y que me cegaba, que me impedía ver más allá de mi propia realidad, aquella que sin yo saberlo se había instalado en mi mente.
Fueron días gloriosos. Tan sólo tuvieron una pega: que cuando me miraba al espejo, ya no me reconocía.
P. Ducay
sábado, 7 de septiembre de 2013
J.
Mi mejor amigo. Mi mejor amigo de la infancia. Aquel al que perdí hace ya mucho tiempo y no he sido capaz de recuperar. Hoy me lo he cruzado por la calle y apunto he estado de no reconocerlo. Era de noche y yo volvía andando a casa, callejeando por un Sanse oscuro y difuso, alumbrado tan sólo por la luz de las farolas y los faros ocasionales de algún coche. Bajaba corriendo y de un salto y un chasquido de dedos me ha devuelto a la realidad. Le sonreí. A veces no me gusta la persona en la que se ha convertido. Otras veces reconozco en él al que fuera mi primer amigo cuando ambos comenzábamos nuestras andanzas en la escuela primaria. Pero no soy quien para juzgarle. Desaparecí de su vida hace ya muchos años. Dejé de verle crecer. Dejé de oír su voz en clase. Dejé de discutir si la mejor asignatura era lengua o matemáticas. Yo abogando por las letras, él siempre defendiendo a los números. Dejó de existir la confianza, esa que a ratos y sólo de vez en cuando vuelve a instalarse entre nosotros.
Su visión me recordó a otros años y a otra vida. A más amigos infantiles a los que perdí y tampoco he podido recuperar. A otros tantos a los que la vida me ha vuelto a poner delante y que hoy agradezco tener conmigo. A aquella clase que creíamos que nunca se separaría, que seguiría siendo fiel a los carnavales del C.P Príncipe Felipe, a sus castañadas, a sus fiestas de fin de curso. A Severino. ¿Hemos vuelto por allí? No. ¿Por qué? Porque traicionamos a la infancia al crecer. Nos traicionamos a nosotros mismos, a ese 'yo' infantil que vivía en un mundo tejido de sueños aún por cumplir.
A veces cuando paso por el colegio rozo con la punta de los dedos el muro grisáceo que lo separa del resto del mundo exterior y se me tiznan de blanco las manos y se me empaña la mente de recuerdos.
Si pudiera volver allí, a ese lugar inocente, sería tan sólo por un rato. Pasaría una tarde sentada en los mismos tres escalones de siempre, rodeada de aquel grupo de jóvenes, jovencísimas personas y regresaría de nuevo al presente, a este presente que nos tiene a las puertas de una edad adulta que, francamente, da un miedo de la hostia.
He de decirte, Javi, después del tufo sentimentalista que emanan los párrafos posteriores, que hacía mucho tiempo que no te veía tan feliz.
P. Ducay
Después del brevísimo encuentro con el pasado, subí la cuesta que lleva a mi casa mientras ponía en orden las ideas y lo primero que hice tras entrar en mi habitación fue coger el recién comprado cuaderno de filosofía y escribir esto, inaugurándolo.
Feliz próximo curso a todos y suerte.
Su visión me recordó a otros años y a otra vida. A más amigos infantiles a los que perdí y tampoco he podido recuperar. A otros tantos a los que la vida me ha vuelto a poner delante y que hoy agradezco tener conmigo. A aquella clase que creíamos que nunca se separaría, que seguiría siendo fiel a los carnavales del C.P Príncipe Felipe, a sus castañadas, a sus fiestas de fin de curso. A Severino. ¿Hemos vuelto por allí? No. ¿Por qué? Porque traicionamos a la infancia al crecer. Nos traicionamos a nosotros mismos, a ese 'yo' infantil que vivía en un mundo tejido de sueños aún por cumplir.
A veces cuando paso por el colegio rozo con la punta de los dedos el muro grisáceo que lo separa del resto del mundo exterior y se me tiznan de blanco las manos y se me empaña la mente de recuerdos.
Si pudiera volver allí, a ese lugar inocente, sería tan sólo por un rato. Pasaría una tarde sentada en los mismos tres escalones de siempre, rodeada de aquel grupo de jóvenes, jovencísimas personas y regresaría de nuevo al presente, a este presente que nos tiene a las puertas de una edad adulta que, francamente, da un miedo de la hostia.
He de decirte, Javi, después del tufo sentimentalista que emanan los párrafos posteriores, que hacía mucho tiempo que no te veía tan feliz.
P. Ducay
Después del brevísimo encuentro con el pasado, subí la cuesta que lleva a mi casa mientras ponía en orden las ideas y lo primero que hice tras entrar en mi habitación fue coger el recién comprado cuaderno de filosofía y escribir esto, inaugurándolo.
Feliz próximo curso a todos y suerte.
lunes, 15 de julio de 2013
Melodías de tinta.
Los escritores sólo plasmamos en el papel lo que no somos
capaces de decir con la voz. Sólo se puede conocer realmente a un escritor
leyendo lo que escribe, adentrándose en sus pensamientos más profundos,
apartando las cortinas de la retórica y descifrando entre líneas. El día que
descubrí que podía jugar con las palabras, mi pluma se convirtió en mi mejor
amiga y la melodía de mis historias en la banda sonora de todos los personajes
a los que he dado vida. Lo que siente un escritor por sus personajes es lo
mismo que siente un músico por una de sus canciones.
Los escritores y los músicos estamos todos malditos. El arte
nos mata y nos da la vida. Así como las palabras tienen que tener cierta
melodía para que sean agradables al oído, la música va acompañada de versos
salidos directamente del espíritu y la mente de los músicos. La música es
poesía, y la poesía no podría existir sin la música.
“Este adiós no maquilla un hasta luego, este nunca no esconde un ojala,
está ceniza no juega con fuego, este ciego no mira para atrás.”
Joaquín Sabina.
La música de un escritor es el crepitar de la leña al fuego,
el rasgueo de la púa sobre las cuerdas de la guitarra o una voz cuyo timbre
todavía suena en los recovecos del subconsciente. La imagen del otoño asomando
por la esquina de un libro, el olor del papel que lleva años en la estantería o
el repiqueteo de la lluvia de noviembre contra el cristal es la inspiración de
cada día. Nuestro aliento. Las curvas imposibles de la clave de sol, la luz de
las farolas cuando no nos vemos ni a nosotros mismos o la nube de vapor que se
escapa de nuestros labios en las mañanas de frío.
Todo eso es música. Y todo eso es inspiración.
Paula D.
domingo, 14 de julio de 2013
M. de Madrid. M. de memorias.
Madrid de noche es droga. De la buena, de la cara, de la que
te fumarías una y otra vez. Es el retrato descarado de alguien que ha perdido
la inocencia. Una inocencia que hace ya tiempo que ha abandonado esas calles que
exhalan libertad, y que poseen todavía la magia que desprenden los sueños, el
aroma de las promesas por cumplir. Las niñas de Salamanca caminan con sus
tacones y sus vestidos hacia ninguna parte, pisoteando esas aceras desgastadas,
reconstruidas una y otra vez a lo largo de los años. El sonido de sus zapatos
es el reclamo de la noche. Conducía yo por aquel Madrid con las ventanillas del
coche bajadas y el White Album de Los
Beatles escapándose a todo volumen de la radio. Hacía un mes que el verano
había llegado a la ciudad, y aún así el ambiente desprendía una brisa perfecta
para el momento. Yo llevaba un par de copas de más y algún que otro recuerdo a
medio quemar en la guantera del coche, cuando al pasar por un paso de cebra vi
a un hombre que tenía trazas de pirata.
Mi mente viajó unos años atrás a un bar en Muxía, Galicia,
en la costa de la muerte. Una casa blanca suspendida encima del puerto. Olor a
sardinas, pimientos de padrón y albariño. Para mí, la esencia del verano. El
camarero que nos atendía parecía sacado de una novela de aventuras ambientada
en el siglo XVII. Llevaba la consabida calavera y el par de tibias tatuadas en
el revés interno de la muñeca, yo diría que la izquierda, y manejaba unos brazos
que yo acaricié con la mirada prudentemente escondida detrás de mi copa de
vino. Nos tomó nota con la diligencia que se espera de un corsario y regresó detrás
de la columna de humo que desprendían los numerosos platos a medio hacer de la
cocina para acariciarle el trasero a la camarera, una estilizada rubia vestida
con una sencilla camiseta blanca y unos vaqueros. La joven le devolvió el
saludo con un beso de película antes de volver al pulpo, las xoubas y los calamares.
Después del flashback sigo conduciendo y me pregunto dónde
estará ahora ese pirata retirado, si seguirá sirviendo mesas en aquel pueblo
olvidado a un tiro de piedra de donde la tierra parece acabar para siempre y
casi se puede palpar la eternidad del mar. O si seguirá saliendo con la
camarera rubia, cuya melena parecía un mar de oro y haces de luz. Si le habrán
salido ya canas en aquella melena rebelde que sujetaba con un pañuelo rojo. Me
pregunté si habrá vuelto a navegar.
Paula D.
viernes, 7 de junio de 2013
"...se hace camino al andar."
"Me interesa el futuro, porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida." -Woody Allen.
Bienvenido, junio. Nos encontramos ya a las puertas del verano, y aunque el tiempo no acaba de decidirse, suponemos (y esperamos) que el calor llegue pronto a Madrid. Como siempre, nada es eterno, y los cursos escolares no son una excepción. Cada vez que se acaban las clases, cerramos los libros de texto y enterramos la mochila en el armario, toca hacer balance. Cada curso es distinto del anterior, quizá porque tanto compañeros de clase como profesores cambian de un año a otro, tal vez porque las asignaturas que damos no son las mismas, o ¿quién sabe lo que hace un curso distinto del resto?
Al menos para mí, este año ha sido completamente diferente de los anteriores. A pesar de llevar en el Joan Miró cinco años, me he sentido como si fuese una novata. Ya nos habían advertido de que el 'salto' que damos los estudiantes al pasar de cuarto a primero es importante, pero creo que al tener la oportunidad de darle un poco más de dirección a tus estudios, no sólo ganamos en importancia, sino en visión. Y con eso me refiero a que tenemos mucho más presente nuestro futuro que en cursos anteriores. Aunque parezca que no, y a todos nos guste pensar que todavía nos queda un largo verano y un largo curso por delante, dejar el instituto está a un tiro de piedra. Casi podemos sentir el 'monstruo' del futuro acariciar nuestras nucas con ese aliento helado que hace que se nos congelen hasta las ideas.
Crecer da miedo. No hablo de respeto, no, me refiero a miedo de verdad. No digo que ese miedo no se pueda superar, pero no voy a negar que está ahí. Todos nos hemos dado con la cabeza contra la pared cavilando entre esta carrera u otra, peleándonos con la calculadora y las dichosas notas de corte, o mirando cursos de FP, pensando y pensando a cerca de QUÉ exactamente es lo que vamos a hacer como aportación a nuestra sociedad en un futuro que puede ser muy corto...o muy largo.
Afortunadamente, una de las mejores cosas del tiempo es que este no se detiene nunca. Así que por mucho miedo que le tengamos al futuro tarde o temprano tendremos que enfrentarnos a él, y el año que viene por estas fechas, si todo va bien, estaremos acabando los exámenes de selectividad, o buscando trabajo, o haciendo algún curso que nos vaya a servir más adelante.
No tenemos ni idea de qué futuro nos espera, por supuesto, pero hay que tener en cuenta, y esto es algo que todos deberíamos haber aprendido en nuestra corta estancia en este mundo, la vida da muchas vueltas. Nunca sabes con qué te va a sorprender, dado que, aunque discrepo de que exista el destino, también creo que en nuestra vida influyen muchos más factores que nuestra propia conciencia, y que a veces nuestro futuro, por fortuna o por desgracia, está en manos de la suerte.
Paula D.
Bienvenido, junio. Nos encontramos ya a las puertas del verano, y aunque el tiempo no acaba de decidirse, suponemos (y esperamos) que el calor llegue pronto a Madrid. Como siempre, nada es eterno, y los cursos escolares no son una excepción. Cada vez que se acaban las clases, cerramos los libros de texto y enterramos la mochila en el armario, toca hacer balance. Cada curso es distinto del anterior, quizá porque tanto compañeros de clase como profesores cambian de un año a otro, tal vez porque las asignaturas que damos no son las mismas, o ¿quién sabe lo que hace un curso distinto del resto?
Al menos para mí, este año ha sido completamente diferente de los anteriores. A pesar de llevar en el Joan Miró cinco años, me he sentido como si fuese una novata. Ya nos habían advertido de que el 'salto' que damos los estudiantes al pasar de cuarto a primero es importante, pero creo que al tener la oportunidad de darle un poco más de dirección a tus estudios, no sólo ganamos en importancia, sino en visión. Y con eso me refiero a que tenemos mucho más presente nuestro futuro que en cursos anteriores. Aunque parezca que no, y a todos nos guste pensar que todavía nos queda un largo verano y un largo curso por delante, dejar el instituto está a un tiro de piedra. Casi podemos sentir el 'monstruo' del futuro acariciar nuestras nucas con ese aliento helado que hace que se nos congelen hasta las ideas.
Crecer da miedo. No hablo de respeto, no, me refiero a miedo de verdad. No digo que ese miedo no se pueda superar, pero no voy a negar que está ahí. Todos nos hemos dado con la cabeza contra la pared cavilando entre esta carrera u otra, peleándonos con la calculadora y las dichosas notas de corte, o mirando cursos de FP, pensando y pensando a cerca de QUÉ exactamente es lo que vamos a hacer como aportación a nuestra sociedad en un futuro que puede ser muy corto...o muy largo.
Afortunadamente, una de las mejores cosas del tiempo es que este no se detiene nunca. Así que por mucho miedo que le tengamos al futuro tarde o temprano tendremos que enfrentarnos a él, y el año que viene por estas fechas, si todo va bien, estaremos acabando los exámenes de selectividad, o buscando trabajo, o haciendo algún curso que nos vaya a servir más adelante.
No tenemos ni idea de qué futuro nos espera, por supuesto, pero hay que tener en cuenta, y esto es algo que todos deberíamos haber aprendido en nuestra corta estancia en este mundo, la vida da muchas vueltas. Nunca sabes con qué te va a sorprender, dado que, aunque discrepo de que exista el destino, también creo que en nuestra vida influyen muchos más factores que nuestra propia conciencia, y que a veces nuestro futuro, por fortuna o por desgracia, está en manos de la suerte.
Paula D.
miércoles, 5 de junio de 2013
La búsqueda de la felicidad.
Uno de los resquicios de memoria infantil que me vino a la mente pensando en el tema de la felicidad fue una de las preguntas que yo les solía hacer a mis padres cuando era pequeña. ¿Cuál es vuestro mayor sueño? ¿Qué es lo que más deseáis? Yo esperaba oír algo concreto. "Un buen trabajo." "Una casa más grande." "Una familia feliz." "Conocer mundo." Pero la respuesta siempre era la misma, y nunca la que yo esperaba.
"Ser feliz." Mi 'pequeña yo' torcía el gesto como signo de incomprensión. "¿Pero cómo feliz?", preguntaba. "Pues feliz."
En aquel tiempo, mi mente no concebía la felicidad como algo a alcanzar, es decir, como un fin, sino como algo que estaba presente. ¿Acaso no hemos sido todos 'felices' de pequeños? ¿Cuando no teníamos meta? ¿Cuando vivíamos a partir del carpe diem a pesar de no tener conciencia de lo que esto significaba?
La felicidad como autorrealización, es decir, el eudemonismo, además de ser una palabra horrible, es uno de los conceptos que más me está costando tragar este último trimestre. Tengo la sensación de que es una teoría filosófica a la que le faltan muchas piezas. En la primera definición, todo es muy bonito:
"Ser feliz es autorrealizarse, alcanzar las metas propias de un ser humano." Pero en cuanto empiezas a hacerte preguntas, y ¿qué es la filosofía sino cuestionarse cosas?, desenmarañar el problema es difícil. Para empezar, ¿cuáles son las metas propias del ser humano? ¿alcanzar las metas propias del ser humano es autorrealizarse? ¿acaso tenemos todos las mismas metas? ¿cuál es la función propia del ser humano? ¿ser felices? Entonces, el eudemonismo, ¿no es tan solo un círculo vicioso?
Dejando de lado todas estas cuestiones, pasamos a como se define la felicidad en el eudemonismo.
"Es un bien suficiente por si mismo, de manera que quien lo posee ya no desea otra cosa." Mentira. ¿Acaso nuestra mente, nuestra imaginación, nuestras proyecciones de futuro no alimentan nuestra ambición y nos hacen conjurar más y más anhelos y deseos?
La felicidad no es un fin, sino un camino. No hacemos las cosas para ser felices, sino que somos felices mientras hacemos las cosas, dado que las acciones se realizan por sí mismas y tienen el fin en sí mismas. Si la felicidad es una meta, pero las acciones que tienen el fin en sí mismas, es decir, que no tienen destino, son las más perfectas... ¿qué es la felicidad sino una meta inalcanzable?
Paula D.
"Ser feliz." Mi 'pequeña yo' torcía el gesto como signo de incomprensión. "¿Pero cómo feliz?", preguntaba. "Pues feliz."
En aquel tiempo, mi mente no concebía la felicidad como algo a alcanzar, es decir, como un fin, sino como algo que estaba presente. ¿Acaso no hemos sido todos 'felices' de pequeños? ¿Cuando no teníamos meta? ¿Cuando vivíamos a partir del carpe diem a pesar de no tener conciencia de lo que esto significaba?
La felicidad como autorrealización, es decir, el eudemonismo, además de ser una palabra horrible, es uno de los conceptos que más me está costando tragar este último trimestre. Tengo la sensación de que es una teoría filosófica a la que le faltan muchas piezas. En la primera definición, todo es muy bonito:
"Ser feliz es autorrealizarse, alcanzar las metas propias de un ser humano." Pero en cuanto empiezas a hacerte preguntas, y ¿qué es la filosofía sino cuestionarse cosas?, desenmarañar el problema es difícil. Para empezar, ¿cuáles son las metas propias del ser humano? ¿alcanzar las metas propias del ser humano es autorrealizarse? ¿acaso tenemos todos las mismas metas? ¿cuál es la función propia del ser humano? ¿ser felices? Entonces, el eudemonismo, ¿no es tan solo un círculo vicioso?
Dejando de lado todas estas cuestiones, pasamos a como se define la felicidad en el eudemonismo.
"Es un bien suficiente por si mismo, de manera que quien lo posee ya no desea otra cosa." Mentira. ¿Acaso nuestra mente, nuestra imaginación, nuestras proyecciones de futuro no alimentan nuestra ambición y nos hacen conjurar más y más anhelos y deseos?
La felicidad no es un fin, sino un camino. No hacemos las cosas para ser felices, sino que somos felices mientras hacemos las cosas, dado que las acciones se realizan por sí mismas y tienen el fin en sí mismas. Si la felicidad es una meta, pero las acciones que tienen el fin en sí mismas, es decir, que no tienen destino, son las más perfectas... ¿qué es la felicidad sino una meta inalcanzable?
Paula D.
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